El amor del amor

El amor se presenta ante el individuo como una promesa de felicidad y plenitud.

Para ello, hace coincidir dos perfecciones que son las dos líneas ideológicas de sus afirmaciones inconexas. La primera línea es que el amor es la realización de todos los deseos. La segunda es que el amor es el bien. Como estas dos líneas son evidentemente contradictorias y así se pone de manifiesto en cada contradicción amorosa, la fricción genera una tercera línea, la de las afirmaciones parche: adaptaciones a cada una de las heridas surgidas en el enfrentamiento de estos dos presupuestos (ambos falsos, pero no por ello bien avenidos). La realización de todos los deseos, es decir, la apoteosis del narcisismo, no puede llegar muy lejos de la mano del bien, que de modo automático incluye los deseos, no ya del otro, sino de todos los otros.

A la hora de desplegar su propaganda, el dominio de estas tres líneas ideológicas acaba adoptando el mecanismo preexistente de la divinización en la forma de un dios personal, que paso a analizar.

El significado del término “amor” es incierto. Más allá de una simple polisemia, “amor” ha desarrollado la misma condición de comodín semántico que el término “dios”. Amor es tal infinidad de cosas que no cabe, es decir, no se permite, hablar más que de formas personales de entender el amor, del mismo modo que la antigua relación personal con dios se ha convertido hoy en formas personales de concebir a dios; en la supuesta existencia de tantos dioses como personas. Un curioso y contradictorio monoteísmo.

La razón de este comportamiento es también común a ambos conceptos. Tanto “amor” como “dios” realizan una huida semántica, un cambio continuo y alocado de significado, como mecanismo defensivo frente a una razón que los acorrala. Allí donde la razón localiza la debilidad en la argumentación sobre la existencia o bondad de dios, el defensor de las mismas escabulle a dios dejando un vacío semántico en forma de negación. Ya que no cabe negar la obviedad de la inexistencia o de la perversidad de ese tipo de dios, se dirá que, efectivamente, ese dios no existe, o no es el dios al que él venera, pero que dios, el verdadero Dios, es otro.

“Amor” pretende jugar también a este escondite, pero, aunque nos encuentra mucho más duchxs, en su huida dialéctica su identidad se vuelve farragosa, y nuestra perspicacia se extenúa. Pronto estamos cansadxs de perseguir a un amor que siempre escapa porque ha descubierto el truco de no fidelizarse a definición alguna. Normalmente tenemos nuestras críticas construidas, nuestro escepticismo, nuestros argumentos incontrovertibles. Pero el amor no dudará en conducirnos a alguno de sus múltiples espacios alternativos; lugares familiares para otros donde nosotros disponemos de menos experiencia y recursos argumentativos. Nos encontraremos enseguida con ideas que no sabremos rebatir contundentemente. Sobre nosotros recaerá, sin embargo, la obligación de agotar todos estos espacios. Se nos pedirá ser infalibles en la crítica al amor. Si algún argumento, algún tipo de amor, no queda perfectamente desarticulado, se constituirá en la cepa de la que el amor volverá a brotar como una enredadera bulímica, listo para ocupar el mundo entero de nuevo, aun sabiendo que, a la primera confrontación, tendrá que regurgitar gran parte de él.

Este comportamiento, en un combate justo, significaría la deslegitimación inmediata del amor. Pero los jueces están de parte de su subsistencia. Para ellos está en juego un valor estructural de nuestro sistema sociocultural, y su resurrección sin fin, producto del simple deseo de afirmar la fe en él, se considerará tramposamente prueba suficiente de que no existe contra él una crítica verdaderamente seria.

Volvamos a las defensas lógicas del dios inespecífico, creador, de siempre.

El defensor de la existencia de dios nos dirá que su inexistencia no puede ser probada. Sabemos que la prueba de la inexistencia de dios es su infinita incomparecencia. En términos estrictamente probabilísticos, cabe la posibilidad, una entre infinito, de que, aun existiendo, no hayamos tenido todavía la suerte de encontrarnos ni con él ni con una huella indiscutible de su presencia. A esa posibilidad infinitamente pequeña de que exista algo que jamás hayamos encontrado hay que añadirle la de que, una vez que aparezca, pueda justificar su ausencia conservando la naturaleza que se le atribuye. Lo lógico a todas luces es que, si dios existe y no lo vemos, tenga para ello razones más comprensibles que su deseo de respetar nuestra libertad para creer. Su incapacidad para controlar nuestra voluntad incluso haciendo uso de todo su poder, por ejemplo. O, simplemente, su lejanía. Tal vez dios no tenga el poder de la omnipresencia y, aunque acude presto a nuestra llamada, aún no le ha dado tiempo a llegar desde los confines de universo.

Sabemos que una posibilidad tan extremadamente minúscula de que dios sea, y de que su ser sea el de dios, no puede equipararse con la opción contraria, es decir, la extremadamente mayúscula posibilidad de que dios no sea, o su ser no sea el de dios. Existe una posibilidad, siempre decreciente hasta lo ilocalizable, de que dios exista. Sabemos que esa posibilidad es despreciable en términos lógicos y, sobre todo, éticos. Es estúpido seguir dando importancia a una posibilidad casi inexistente, sería el enunciado lógico. Es irresponsable, es ilegítimo, es malo, sería el enunciado ético.

Pero hay algo que transformar en esta argumentación para aplicarla sobre el concepto divinizado de amor. Es cierto que resulta más fácil encontrar una relación de pareja que se ajuste en alguna medida a lo que el amor enuncia de sí mismo que una prueba de la existencia de dios. Pero, si somos rigurosos con el análisis de dicho funcionamiento, si lo contextualizamos en el sistema de clases y patriarcal en el que se despliega, la correspondencia entre el discurso del amor y la gozosa realidad que debería seguirle se vuelve casi inexistente. Sin embargo, ¡qué opulencia en la casuística contraria! ¡Qué generosidad en las averías! ¡Qué profusión de ejemplos de todo tipo de fallos, en su gran mayoría tan lógicos, tan previsibles, tan útiles para colegir las razones que los producen, inherentes a la naturaleza del amor!

La base de datos que el amor nos proporciona obliga a concluir su disfuncionalidad. Lo único que nos separa de la afirmación definitiva de esa disfuncionalidad es dar el paso de contemplarla como tesis posible. Una reflexión ética elemental nos recuerda que no existe el limbo de la acción, donde la acción se para y la responsabilidad se suspende. La inacción también es acción, y dejar que la improbabilísima tesis de que el amor sea una buena idea perdure como guía de la acción es un acto de irresponsabilidad culposa. De la evidencia de que un mal funcionamiento del amor es incomparablemente más probable que un buen funcionamiento, debe seguirse, o bien el rechazo al amor, o bien la asunción de la responsabilidad del daño causado por él.

El amor es, por tanto, otro dios tan improbable que sólo debe merecer nuestro desprecio.

Y, si no crees en dios, ¿en qué crees?

Este razonamiento ya nos resulta primitivo cuando se enfrenta al ateísmo, y nos parece un evidente reconocimiento de la falta de fe. Creer en dios para creer en algo es ponerse del lado de la mentira por molicie, de modo que se trata de un problema moral de nuevo elemental. Se cree en la verdad porque es verdad, porque debe haber una relación indisoluble entre la verdad y la creencia (si no se utiliza el término “creer” en el sentido, precisamente, de “fe”, es decir, “creer lo increíble”) y porque actuar desde una creencia equivocada, por amarga que ésta fuere, aporta un control de la situación que la falsa creencia no permite. La falsa creencia es dependencia del azar (y, en realidad, de quien genera la creencia), y sólo reporta como ventaja el olvido del problema hasta que la realidad decida irrumpir en nuestra provisional comodidad.

Debe reconocerse que el amor tiene las fortificaciones más intactas que el dios creador, y que el argumento “mejor el amor que nada” resulta aún conmovedor. Pero no deja de ser una contradicción que debería agotarse en sí misma. “Mejor la mentira que la verdad” es fácilmente reductible a “mejor lo peor que lo mejor”. Es obvio que lo instituido posee un poder de atracción, y que lo nuevo desalienta con su inexistencia de inicio. Confundir lo existente con lo bueno y lo inexistente con lo malo es, lógicamente, entregarse al statu quo; a ese movimiento, esa acción, tan cargada de responsabilidad, decía más arriba, como cualquier otra, que es la inacción.

Como queda de nuevo en evidencia, la gran mayoría de los argumentos en defensa del amor se disuelven en una lógica muy sencilla. Si no lo hacen habitualmente no es porque el amor tenga una complejidad ideológica difícil de conquistar, sino porque el pensamiento está censurado en el ámbito del amor. Intentad pensar en público sobre el amor. Es el mejor medio para generar rechazo y violencia. No será difícil recibir el mensaje de que “sobre el amor no se debe pensar”.

Se nos dirá, entonces, que la agamia es decantarse por un vacío bueno en detrimento de un lleno malo. Mediante la dialéctica de lo lleno y lo vacío (no es que la agamia nos deje sin esperanza, ¡es que nos deja sin realidad!), el amor intenta atemorizarnos de nuevo: “Cuidado con rechazarme, porque fuera de mí no hay nada”. Sin embargo, la agamia, en su definición más general, sólo es el rechazo del “gamos”, de la unión matrimonial. El amor aglutina en una sola pieza mastodóntica un sinnúmero de aspectos de la vida social, privada e íntima, que la agamia libera para su uso consciente. Nada se pierde por el camino, salvo una determinada configuración de esos elementos que ha demostrado sobradamente ser perniciosa y generar subproductos altamente tóxicos. Lógicamente, los caminos de la agamia apenas están aún trazados. Pero la imagen de punto muerto en el que nos encontramos al rechazar al amor sólo es un fantasma con el que él se defiende. La agamia no es un vacío afectivo, sexual o familiar, sino una organización diferente, no amorosa, no preestablecida, de estos elementos.

El amor pretende succionar en su espacio la existencia entera. Todo es amor y nada queda fuera del amor, de modo que si rechazas al amor estás vacío.

Vulgar discurso de predicador.