La estructura del cuento

Escuchamos, leemos, vemos dibujada esta historia mil veces cada día. Cada día se representa mil veces ante nuestros ojos el mito de la lucha entre el cerebro y el corazón. Este mito en el que, en resumidas cuentas, se nos procura convencer de que el cerebro es, y debe seguir siendo, un órgano subordinado; de que no debemos darle demasiada importancia a la idea de que tenemos capacidad para pensar. Este mito, en definitiva, es una herramienta propagandística de castración intelectual.

Nuestra cultura ofrece ya factores espontáneamente favorables a la generación de la estructura de este mito, qué duda cabe. La percepción de la actividad psíquica como una lucha entre voluntades separadas, una habitualmente más apetitiva que la otra, nos inclina a buscar en nuestro interior la sede de un segundo yo. El corazón, único órgano con actividad evidente cuando un cuerpo vivo es abierto, reúne las mejores condiciones. Se encuentra próximo al centro del organismo, su color es extremadamente vistoso (virtud, la de que el rojo sea vistoso, que hay que atribuir a la sangre, no al corazón mismo, pues es la sangre, indicadora del peligro para la salud, de la carne herida o del alimento disponible, lo que el ojo ha aprendido a detectar como color por antonomasia), y su comportamiento, el bombeo, la distribución, lo hacen aparecer como un organizador. Por esta razón (excepción hecha de la circulación de la sangre, descubrimiento relativamente reciente), el corazón aparece en las culturas primitivas como el más frecuente depositario del alma, como el representante de la vida y del individuo mismo que la vive. Arrancar la vida es arrancar el corazón. El estómago, esa “caldera del cuerpo” cuya función de generador de energía es también fácilmente reconocible, sólo posee la ventaja de estar situado en un lugar aún más central. Pero el simple hecho de quemar combustible para obtener fuerza es un trabajo jerárquicamente inferior. Además, el estómago tiene con respecto al corazón una desventaja notable a la hora de representar la jefatura del organismo: su posición no está protegida. El estómago está perfectamente expuesto, como si el cuerpo no temiera demasiado perderlo. El corazón, sin embargo, se encuentra resguardado por la fortaleza de la caja torácica, oculto como una joya de inmenso valor, casi escondido entre la masa distractora de los pulmones. Alcanzarlo es un triunfo sobre la estructura defensiva del cuerpo, y verlo palpitar mientras el resto del cuerpo permanece prácticamente inerte nos sugiere la identidad con la vida misma.

Nosotros sabemos, sin embargo, que el corazón no piensa. En realidad, su metafórico atributo psíquico original ha sido siempre el sentimiento. Decimos, o decíamos, que el cerebro piensa y el corazón siente. Pero esto no ha parecido suficientemente eficaz para la campaña contra el cerebro. Hoy hablamos de pensar con el corazón para significar que ese sentimiento no tiene un valor inferior al “pensamiento mental”; que a la hora de extraer conclusiones no debe ser tratado desde una inferioridad jerárquica. Decimos que debemos pensar con el corazón para otorgar al sentimiento, al personaje del corazón, la condición de entidad independiente, completa y autónoma; para poder preparar el siguiente paso: el golpe de mano sobre el poder del cerebro.

Sin embargo, no dejan de resultar curiosos algunos componentes del carácter del corazón. Si recordamos la fábula, el cerebro piensa, y piensa mucho, pero el corazón también utiliza ardides que sólo pueden provenir de alguna forma de pensar. De hecho, su forma de pensar es más eficaz, pues acostumbra a desmantelar los extensos trabajos del cerebro mediante un moderado esfuerzo que se revela, sin embargo, especialmente clave. Por supuesto, parte de esta eficacia hay que atribuírsela al deseo. Para vencer al cerebro, el corazón sólo tiene que dar rienda suelta a los deseos para que conduzcan unos sentimientos que él antes gobernaba. El trabajo organizativo del cerebro se viene abajo una vez que se consigue romper el dique de la consciencia. Pero, ¿cómo se rompe este dique? ¿De dónde saca el corazón la llave que abre la compuerta de unos deseos que, por más fuertes que resulten, no lo han sido lo suficiente como para evitar su encierro?

Parece que el corazón dispusiera, efectivamente, no sólo de la capacidad de sentir y desear sino, según un paralelismo informático, de algún pequeño núcleo de proceso de pensamiento especialmente brillante y de función completamente diferente a la torpe y mastodóntica inteligencia del cerebro.

Esta inteligencia especial no puede ser la inteligencia emocional. La inteligencia emocional, quemados ya todos los libros de autoayuda que le hacen referencia, sólo es la inteligencia clásica, una vez que aprende el funcionamiento de las emociones. Dispone de inteligencia emocional quien es capaz de traducir a pensamiento el mensaje de las emociones, de modo que pueda gestionar sus actos con una información mucho más rica. Es emocionalmente inteligente quien no desprecia las emociones como fuente de conocimiento. Esto no significa jamás entregar las riendas a las emociones. En rigor, la inteligencia emocional no sólo conserva la jerarquía culminada por el pensamiento consciente. En realidad, viene a reforzar esta jerarquía, porque constituye un nuevo canal de información para este pensamiento, antes desconectado de las fuerzas preconscientes generadoras de emociones cuyo crecimiento podía hacerle perder el control.

Si no es, entonces, mediante la inteligencia emocional, ¿cómo piensa el corazón?