Soy X

El género, como hecho natural, es un concepto hoy ya profundamente controvertido e intelectualmente desprestigiado. Desde Margaret Mead y Simone de Beauvoir, han sido numerosxs lxs autorxs de primera línea que han puesto en entredicho su necesidad y naturalidad. La división del género humano en hombres y mujeres ha sido abordada en el contexto de la crítica al patriarcado como una división sexual de clases que, ésta sí, genera espontáneamente las estructuras familiares discriminatorias.

La forma clásica de esta crítica, basada en los planteamientos de Simone de Beauvoir, opone el concepto de sexo al de género. Mientras que el sexo sería un fenómeno biológico, de vocación reproductiva, el género sería su traducción cultural, de vocación opresiva. Así, nacemos mayoritariamente hembras o varones, pero la cultura nos construye hombres o mujeres con el fin de establecer el dominio de los varones-hombres. Esta crítica llega, en Foucault y Butler, a dudar del sexo mismo, considerando que éste surge necesariamente en un entorno ya cultural y dividido en géneros que, proyectando una poderosa expectativa de sexualización, obliga al individuo en formación a somatizarse en un determinado sexo.

Sin embargo, el alcance de esta crítica al modelo social de relaciones es aún reducido. Sólo colectivos marginales y alternativos presentan cierta sensibilidad hacia la crítica al género como categoría, forzados, en muchos casos, por la circunstancia de no encajar en el modelo de género heteronormativo.

Dado que el género mismo es el mecanismo que establece las bases de la dominación de género, produciendo un género fuerte y otro débil que deben relacionarse entre sí desde ese desequilibrio de fuerzas; y dado que esa relación de desequilibrio es nuestro modelo heteronormativo (en el que no sólo se fundamentan las relaciones normativas, sino que es recogido después por los modelos alternativos mediante la repetición del “gamos” y la propensión a adoptar géneros para encajar en él), la agamia entiende que sólo se puede eliminar el gamos mediante la negación absoluta del género y que sólo se puede abandonar definitivamente el género mediante la eliminación del gamos.

La agamia, por lo tanto, no distingue entre hombres y mujeres. Se convierte, así, en una forma de activismo de género.