No soy

Carezco de información suficiente para pronunciarme de manera categórica sobre la existencia o no de vestigios sexuales en la conformación sustancial de nuestra psique, así como para valorar en detalle cuál es la reciprocidad generativa entre el sexo y el género. Pero considero dos hechos como evidentes y cruciales.

El primero es que es altísimamente probable que dichos vestigios, de existir, no sean determinantes. Dado que los individuos sufren una poderosísima presión sociocultural para definir su género y definirse a sí mismos como acertadamente pertenecientes a dicho género; y dado que, a pesar de ello, la diferencia no es ni extrema ni perfectamente conformada, es legítimo suponer que, suprimida esa presión, se suprimiría también una parte tan voluminosa de la diferencia que la restante sería despreciable.

El segundo es que el ser humano tiene la virtud como obligación y a la justicia como la virtud que subordina a todas las otras. Es justo un pronunciamiento decidido en contra del género, incluso de sus posibles residuos insoslayables, y es justo actuar en consecuencia, ya que, como categoría, hoy día sustancial en la determinación del carácter de las personas y de los grupos a los que pertenece, se convierte en herramienta de opresión y discriminación.

Así, ignoro si la eliminación del género requiere de una discriminación positiva transitoria o definitiva, es decir, si la negación del género hará que el género desaparezca por completo o quedará tras ella un género residual que en algún momento deba ser sopesado. Pero, puesto que sabemos que el género es opresivo y discriminatorio, debemos asumir su compensación transitoria o definitiva como una obligación política. Esa compensación debe empezar con el establecimiento de la identidad formal de los géneros, es decir, con la supresión absoluta de su reconocimiento.

La agamia rechaza la proliferación múltiple de los géneros en la idea de que es el género mismo, y no ya el tipo de género, el motor de la opresión.

El género es distinción mediante el criterio arbitrariamente obtenido (desde el punto de vista moral) del sexo, y su función es el reparto discriminatorio de roles sociales, es decir, la opresión. No hay, por lo tanto, un buen género subyacente a un uso odioso del mismo. Todos los roles de género son opresivos de un modo u otro. La personalidad del individuo, su carácter, no debe ser determinado por rasgos de género, sea cual sea su combinación, ni son éstos los que deben constituir lo representativo de dicho carácter.

La agamia considera que todo comportamiento hasta ahora mediatizado por un rasgo de género es susceptible de ser mejorado mediante la desaparición de dicho rasgo. Considera también que ninguno de esos rasgos realiza un papel necesario en el carácter, y que éste puede y debe estar regido por criterios estrictamente éticos, es decir, que el género debe traducirse en ética. Si alguno de los comportamientos o rasgos típicamente de género es rescatable para un carácter ajeno al género, será en tanto que comportamiento o rasgo bueno, y nunca como recuperación o reivindicación parcial del género.

La agamia, sin embargo, simpatiza con la estrategia de la multiplicación de los géneros como mecanismo para desestabilizar la categoría misma del género, pero considera que dicha estrategia es transitoria y secundaria, siendo la principal, y quizás definitiva, la negación del género y la determinación del comportamiento bueno. La estrategia de multiplicación de los géneros puede adquirir un carácter comercial autorreproductivo desde el momento en que se emancipa como fin en sí mismo y deja de ser crítica con el tipo de géneros que crea o reivindica. Imitaría así nuestro modelo neoliberal de mercancía, que no es producida para satisfacer una necesidad cuya satisfacción constituye un bien, sino para crear un deseo que se transforma en necesidad y persigue generar consumo inmoral.