Sexo cero

Será desde este punto de partida desinteresado desde el que el sentido del sexo, su nuevo papel social, deba empezar a ser reconsiderado.

El primer paso, obviamente, será volver la mirada hacia la actividad sexual misma para detectar qué es y en qué consiste: Qué es lo que el sexo, fuera de sus perniciosas funciones tradicionales, nos ofrece. Pero para revisar el sexo deberemos revisar también los moldes en los que el sexo viene presentado. Un erotismo postsexual debe focalizar la atención sobre la experiencia individual, es decir, sobre la facultad biológica de experimentar placer en el ámbito de las acciones facilitadores de la inseminación reproductiva. Las posibilidades ofrecidas por esta facultad no están determinadas por las categorías clásicas de género, edad, número, etc., y por tanto todas estas ellas deben ser reconsideradas y devueltas al especio de la experimentación.

Al convertirse en erotismo, es decir, en sexo designificado cuya resignificación se realizará sólo consciente y voluntariamente o, incluso, no se realizará, el sexo deja de saber qué busca y pasa a necesitar descubrirlo. Así, el erotismo vacía el sexo de contenido, incluso de deseo, en la medida en que el organismo pueda alguna vez quedar vacío de deseo.

La agamia realiza así su acción liberadora crucial, frente a la que el amor pierde el punto de apoyo. El discurso del amor, una vez desaparecida la condición trascendente del sexo, que lo convierte en la acción relacional por excelencia, que estructura tanto la categoría de la relación como el flujo de poder que se establece dentro de ella, pierde su referente, aquello sobre lo que verdaderamente nos está siempre hablando de forma eufemística.

Todas las propuestas alternativas a la monogamia heteronormativa dejan sin resolver este punto, que el amor consigue colar dentro de las defensas de los insurrectos del sistema, contaminándolos y reabsorbiéndolos. El sexo sigue siendo una actividad clave para homosexuales, parejas abiertas y poliamorosos. En el caso de la homosexualidad, por ejemplo, la heteronormatividad sexual, cuya regla básica, más allá de la obligación reproductora o la fidelidad, es la trascendencia, la condición del sexo como acción de máxima significación en la vida (dentro de lo cual cabe enunciar la contradicción de que a veces puede no tener dicha trascendencia), impone con ella el respeto a una supuesta esencia biológica que todo acto sexual alternativo debe aspirar a imitar en la medida de sus posibilidades. Si bien el sexo homosexual se realiza en forma notablemente distinta al heterosexual tradicional, no se puede hablar en él de una verdadera emancipación de las normas que lo rigen a la vez que lo condenan públicamente y, hoy por hoy, contaminan su intimidad sometiéndolo a la humillación de admirar secretamente a su opresor.

Tanto las parejas abiertas como el poliamor (que puede entenderse como una versión femenina, amorosa, incluso lesbiana, de aquéllas) constituyen tentativas para liberar al sexo sin replantear la relevancia del sexo ni su inscripción en el ámbito de la circulación de poder.

El poliamor y la filosofía de la pareja abierta tienen como reivindicación clave (casi única, en tanto que las restantes son adaptaciones a los problemas sobrevenidos por esta primera reivindicación fundamental) el derecho a escapar a la regla de oro de la monogamia. La causa última que mueve este intento de liberación es la atracción ejercida por el morbo. Para ello se enfrentan directamente al sistema de poder que regula el comercio de poder constituido por el sexo y, de modo considerablemente ingenuo, niegan este sistema. El poliamor y la pareja abierta se enfrentan casi desarmados a la policía sexual, porque el sistema del sexo que, como todo sistema, dispone de una fuerza de vigilancia absolutamente real, capaz de infligir castigo físico, no ha sido desmantelado. Esta policía son los celos. La negación de los celos, fuerza represora del amor, la exigencia de que los celos no existan y correspondan sólo a una sugestión, a una fobia eliminable por puro contacto, convierte a la pareja abierta y al poliamor en inviables a corto plazo a escala masiva. Las islas de poliamor y parejas abiertas son el resultado de configuraciones particulares de poder sexual que posibilitan el surgimiento de células de autogestión sexual cuya economía queda, eso sí, fuera de los circuitos de intercambio generales.

Dicho de manera sencilla, ni la pareja abierta ni el poliamor son verdaderas amenazas a la opresión sexual (es decir, del sexo y por el sexo) porque sólo pueden realizarse previo surgimiento de determinadas condiciones que el sistema genera espontáneamente como vesículas casuales o como excrecencias mediante las que encapsula las amenazas. En gran medida, son las excepciones necesarias al sistema, que éste no puede evitar generar pero que no pueden, tampoco, ponerlo en jaque. Si el sistema de dominación a través del sexo posesivo evoluciona y entra en descomposición, no será tanto mediante la acción positiva de dichas vesículas, carentes de una propuesta mediante la que enfrentarse de modo eficaz a la policía del sistema, como mediante la tendencia propia del sistema a generarlas en número creciente.

El significado del sexo es el nutriente que fortalece a la policía de los celos. El factor biológico, feromonal, territorial, es irrelevante. Existen celos en la medida en que el sexo es susceptible de generar filtraciones de poder capaces de amenazar la condición del individuo; en la medida en que el sexo significa poder, es decir, en la medida en que el sexo es motivado por el irresistible atractivo del morbo. El poliamor y la pareja abierta son tentativas de acceder a aquello mismo que constituye su opresión. Son, por lo tanto, una negación mágica de la existencia de los celos, y tienen como consecuencia el inesperado encuentro con violentas acciones represivas de los mismos tras las que sólo unos pocos quedan dispuestos a persistir en su activismo.