No ames; piensa

La agamia promulga la restitución consciente de la jerarquía razón-emoción, especialmente en el santuario del alma apetitiva que es el mundo del amor.

Dejaremos de “pensar con el corazón” porque pensar con el corazón es tan imposible como bombear sangre con el cerebro. Dejaremos de atribuir al corazón carácter alguno, y recuperaremos la representación mental de las emociones para el sistema nervioso. Este sistema nervioso integrado, y no necesariamente contradictorio, dispone de un regulador general con una capacidad no infalible, pero privilegiada, para distinguir la verdad de la mentira: la conciencia. El pensamiento consciente es la cúspide de las facultades intelectuales, y ése debe ser su lugar. Nótese que no estoy diciendo más que lo que hemos sabido siempre, lo que de manera espontánea tendemos a pensar, y lo que la propaganda ideológica nos incita perseverantemente a dejar de lado.

Recuperada la razón, la inconsistencia de las máximas de comportamiento del amor quedará al descubierto lo suficientemente pronto como para que el individuo pueda construir sus relaciones en un plazo proporcional a la duración de su vida. El amor nos conduce a equivocaciones tan duraderas y tan repetidas que llegamos sólo al descreimiento cuando es demasiado tarde, o cuando el amor nos dice, él mismo, que se nos ha hecho demasiado tarde y ya no merece la pena fijarse en nosotros; cuando ya hemos dejado de ser una referencia, cuando ya “no estamos en el mercado”.

La recuperación de la razón como instancia judicativa última es condición necesaria, y producirá de por sí la recuperación del amor para la ética, del cual ha estado siempre desterrada. Se disolverá la contradicción entre los artificiosamente ennoblecidos deseos espontáneos del corazón y las acciones justas, que debían ser decididas hasta ahora a través del voto de calidad del amor.

Asimismo, la articulación de los deseos amoroso y sexual, expresados mayoritariamente a través del valor de la belleza, se volverá también asequible al juicio crítico, a la contradicción, al análisis de su origen y, por supuesto, a su reconsideración, a su replanteamiento, al acceso a un concepto diferente de belleza, produciendo bellezas diferentes, más funcionales y socializadoras e igualitarias.

En dicha reconsideración, todas las definiciones clásicas de género propio y deseado, así como de patrón de pareja adecuado, son también puestas en tela de juicio.

La propia práctica sexual es devuelta a la libertad mediante la capacidad de juzgar y elegir en función del juicio. Se libera así de las significaciones culturales ancestrales que han determinado su papel, se mira a sí misma y se responsabiliza de su noción y práctica emancipadas, transformándose de sexualidad en erotismo.

La restitución de la razón al máximo nivel jerárquico en el ámbito de las relaciones es el movimiento revolucionario que derrumba todo su entramado ideológico. Porque el sistema socioeconómico es irracional necesita de un subsistema compensatorio que actúe en el ámbito de la vida privada. Porque este subsistema debe ser aún más irracional, su desarrollo ideológico principal debe ser un ataque furioso contra el papel de la razón. Si este ataque fracasa, el subsistema se resquebraja y, con él, la pieza clave con la que se completa el puzzle socioeconómico.

Contra el “no pienses, siente” del amor, la agamia dice: “Piensa lo que sientes”.